Un abrazo que no se dio

Querido papá:

Siento en el alma haberte decepcionado; jamás estuvo en mi corazón hacerte daño. Te pido perdón por no haber escuchado a tiempo tu sabiduría, y me pido perdón a mí misma por haber abierto las puertas de mi refugio a personas hechas de sombra, odio y veneno. No pretendo esquivar la huella de mis propios tropiezos, pero ambos sabemos que no fui yo quien encendió el fuego de esta guerra.

Hoy me envuelvo en el silencio para luchar con la fuerza ancestral de la guerrera que soy y que siempre seré. Durante todo este tiempo me ceñí un corset tan ajustado que me robaba el aire, solo para sostenerme erguida y firme ante ti; me até un pañuelo de seda al cuello para guardar en secreto el nudo de un llanto que amenazaba con quebrarme la voz.

Comprendí que la vida es un instante sagrado, que nada ni nadie nos pertenece y que, aun entre nuestras grietas, cada quien elige el sendero que puede o sabe andar en su propia noche. Pero te prometo algo desde lo más profundo de mi ser: no me voy a rendir.

Daría mi vida por refugiarme en tus brazos y deshacerme en un llanto infinito hasta quedar limpia de dolor. Pero hoy el tiempo es un bien de luz que no puedo desperdiciar... y siento, muy dentro, que aún no merezco ese abrazo sagrado que sé que me darías sin dudar.

Eres un hombre luz, un padre extraordinario y el refugio más dulce para tus nietos. Sé que no estuve a la altura del pedestal en el que me querías ver; jamás salió un reproche de tu boca, pero a mi edad el alma ya sabe leer los silencios.

Guardo la fe intacta de que muy pronto, junto a mi equipo y de tu mano, podremos sentarnos a la mesa, disipar esta tormenta y dejar atrás esta pesadilla para siempre.

Eres, fuiste y serás el hombre más grande de mi universo. Te quiero