La corona
La llamaban bruja antes de conocer su nombre, y la coronaron de espinas antes de que pudiera reclamar su trono. Como a la reina de las sombras de los cuentos antiguos, sobre ella volcaron todos los venenos que la historia reserva para las mujeres que no piden perdón por su poder. Dijeron que traía la ruina, que su sombra marchitaba la tierra, pero callaron lo esencial: que ella no incendió el reino, solo se negó a quemarse en su pira.
Mientras los mortales celebraban su caída y gritaban victoria sobre las ruinas, ella no buscó venganza inmediata. La furia es ruidosa; la verdadera soberanía es un abismo silencioso.
Se retiró a las penumbras, donde el tiempo no corre, sino que aguarda. Aprendió a tejer con la paciencia de las mareas y a respirar al ritmo de las estaciones. Sabía que la prepotencia de la multitud es un fuego de paja: arde alto, ciega pronto y se consume solo. Así que esperó. Dejó que el aire se despejara, que el polvo de la envidia amainara y que la memoria de sus verdugos se oxidara con la lluvia.
Porque mientras aquellos del pueblo levantaban estatuas de barro, ella cuidaba lo único que le devolvía el latido al pecho, lo más sagrado que poseía: no una corona, no una espada, sino aquello que intentaron arrebatarle y que solo florece en la penumbra.
Hoy el viento ha cambiado de dirección. La tormenta pasó y el cielo se viste con el color de las cenizas frías. Es la hora.
Ella no regresa para pedir un sitio en la mesa de sus enemigos, sino para demostrar que el imperio nunca dejó de ser suyo. Camina despacio, con la elegancia implacable de quien ha muerto mil veces y ha vuelto con las llaves del Infierno en la mano. Y al verla emerger de las sombras, comprenden por fin el verdadero terror del cuento: no era la mala de la historia, era la única que sabía cómo sobrevivir a ella.
E.F.C