Triste verdad

Bajo la carpa del gran circo de las ilusiones rotas, el escenario está listo. En el centro, iluminado por una luz dorada y despiadada, avanza el Payaso. Durante once años ensayó una función que vendió como amor, pero en su vestuario guardaba siempre la llave de las trampas. A su lado, irrumpe la Bufona, una figura recién llegada de la nada que busca quedarse con el vestuario de la dueña del espectáculo, ansiosa por vestir una identidad que nunca le perteneció y alimentándose del veneno que otros prepararon.

Juntos han montado un grotesco número de ventriloquia. Sentaron a una niña en sus piernas, le pusieron un guion entre los dedos y le enseñaron a repetir frases que no nacieron en su alma. Detrás de bastidores, el Payaso y la Bufona se aplauden a sí mismos, creyéndose los dueños de la pista, convencidos de que despojar a los hermanos, borrar los recuerdos y llenar de lodo a la protagonista basta para adueñarse de la función.