Romper el silencio sobre la culpa
La tormenta no empezó fuera, sino dentro. Hubo un tiempo en que la vida me acorraló tanto que me convertí en una refugiada de mi propia historia. Entre el peso de criar sola a tres hijos y el acoso constante de un monstruo que amenazaba con destruirlo todo, cometí el único delito de intentar sobrevivir: busqué una vía de escape, un refugio improvisado que empezó como un simple juego para no volverme loca y terminó convertido en una etiqueta fría marcada a fuego sobre mi piel.
En mi propia ciudad, donde debí encontrar un escudo, solo hallé la espalda fría de la indiferencia. Me despidieron por el "peligro" de que la violencia viniera tras de mí; cerraron las puertas de la ludoteca en la cara de mi hijo por miedo a la clientela; me entregaron un teléfono inútil sin cobertura y el consuelo a cuentagotas de un reloj. Para el mundo, yo era la culpable, la mala, la que no supo decir "no" a tiempo. El monstruo me arrastró al abismo, pero la soledad y las murmuraciones hicieron el resto, obligándome a esconder la mirada y evadirme del dolor físico y psicológico hasta olvidar quién era.
Salí de allí con el cuerpo magullado y la voz rota. En mitad de la bruma intenté recomponerme y caí en otros brazos: primero, un refugio efímero de dos meses con un chico enfermo a quien intenté cuidar, pero que no pudo sostenerse ni sostenernos; luego, otro intento con alguien donde la falta de confianza y mis propios impulsos rotos me hicieron apartarme. Fue entonces cuando toqué fondo y me despeñé en el abismo. Buscando anestesiar la herida, me rodeé de dos meses de supuestos amigos, amigas, risas y noches vacías que parecían un salvavidas, pero que solo eran una ilusión. Cuando quise darme cuenta y desperté de esa anestesia, la multitud se había esfumado y estaba completamente sola en la oscuridad.
Pero el amor verdaderamente importante no siempre llega en forma de salvador. El amor que me salvó no vestía armadura ni vino de fuera: nació del fuego silencioso que guardo por mis tres hijos y del amor propio que creía extinto.
Hoy sé que la justicia me falló y que la culpa que me carcome es un fantasma mentiroso. No fui mala; fui una guerrera desarmada luchando en una batalla desigual. Hoy hay alguien a mi lado que me ayuda, me quiere y sostiene mi mano con paz y respeto, pero mi verdadera victoria no es esa: es que me estoy reconstruyendo desde las cenizas. Acepto las cicatrices y los fallos del camino, pero me niego a dejar que nadie vuelva a tirar mi vida por la borda. Me está costando la misma alma estar lejos de los míos, pero estoy volviendo. No estoy vencida; solo estoy tomando impulso para regresar a mi casita, a mis hijos, y a la mujer valiente que nunca dejó de pelear por su libertad.
Voz de la comunidad de E.F.C