Corre

Había una vez una mujer que corría sin mirar atrás, impulsada por un dolor abrasador que le quemaba el pecho tras cuatro interminables meses de sofocante vacío, arrebatada del calor de los suyos. Corría salvaje, gritándole a un mar inmenso y embravecido que devoraba sus pasos, preguntando al aire con pura rabia si acaso existía alguien tan perfecto en este mundo como para atreverse a juzgarla. Si la habían condenado por no callar, no se escondería jamás en las sombras: alzaría la voz con furia hasta que los cielos retumbaran, exigiendo de vuelta a la familia que le pertenecía.

En el horizonte de aquel océano encrespado, emergió de entre la espuma la silueta de un caballo negro, indómito y libre como una tempestad. Ella corrió hacia la marea y se lanzó a su lomo con desesperación, intentando domarlo mientras sus lágrimas se mezclaban con las olas que le azotaban el rostro. Allí no había bufones, ni monstruos manipuladores, ni dedos acusadores; solo ella, la bestia y la inmensidad. Sin embargo, el esfuerzo fue demasiado: los brazos le fallaron, el agarre cede y la gravedad la estampó sin piedad contra el agua. El golpe dolió hasta los huesos, pero el mar la acunó sin juzgarla, arrastrándola en un arrullo furioso hasta que el cansancio la venció y colapsó sobre la arena tibia, exhausta y sin respuestas sobre qué más pretendían arrebatarle.

El sueño la atrapó jugando con los granos de arena entre sus dedos agitados. Al despertar, con el cuerpo molido pero con la rabia encendida de nuevo en las venas, se puso en pie y reanudó la carrera a ciegas. Pero de pronto, un muro colosal e infranqueable se alzó de la nada, cortándole el paso en seco. Se quedó allí plantada, respirando con fuerza bajo la sombra de la pared, sintiendo el veneno de la incertidumbre recorrer su piel. No dio un solo paso atrás: clavó una mirada desafiante en la piedra fría, calculando en silencio cómo destruirla, rodearla y volver a correr en busca de su libertad.