Bella flor
Que linda flor... Ese tipo no paraba de pasar por donde estaba sembrada. Una foto, una caricia en sus pétalos... pero no fue suficiente: decidió arrancarla y ahora le costaba cuidarla. Cambiaba el agua, la cambiaba de sitio, pero se acababa marchitando. ¿Por qué no la dejó donde estaba? Así podía durar más, y podía regarla, admirarla y verla crecer. Pero no. Así funciona el sistema: la arranco, me la llevo y la encierro. Aguanta en un lugar seco echándole productos, y acaba entre las hojas de un libro para que no pueda darle la luz ni perder esa belleza peculiar. Ya no puedes hacer nada, ya no puedes cuidarla; solo dejarla donde está o tirarla a la basura.
Llega un jardinero y ve a este chico buscando otra flor, a lo que le dice: «No la cuides arrancándola; cuídala aquí, en este espacio. Te daré abono, puedes visitarla, cuidarla y verla crecer». Él accedió, pero miraba con recelo la flor: verla lucir y crecer, que todos pudieran ver cómo crecía... y ahora verla morir. No podía permitirlo y quiso plantarla y llevársela. Un día de lluvia fuerte quiso hacerlo. «¡No!», dijo el jardinero. «¡Ahora no, no es el momento!». Se enfadó mucho, la arrancó y se la llevó.
El jardinero no corrió tras él. Se quedó de pie bajo la tormenta, observando el hueco de tierra vacía y embarrada donde antes crecía la flor. Sabía perfectamente lo que pasaría: sin raíces, expuesta a la violencia del agua y aislada de la tierra que la nutría, la flor no duraría ni un par de horas. El chico llegó a su casa agitado, con la flor apretada contra el pecho y los pétalos ya magullados por sus propios dedos. La puso sobre la mesa, esperando que el refugio de su techo la salvara, pero solo vio cómo se inclinaba lentamente hacia un lado, sin fuerza para sostenerse. Ahí entendió, demasiado tarde, que el peligro nunca fue la lluvia, sino sus propias manos.
Un frío distinto lo atravesó por dentro. Intentó sumergirla en agua, sujetar su tallo caído con hilos, pedirle perdón a susurros mientras la noche avanzaba... pero la muerte de una flor es callada e irreversible. Con los primeros rayos del sol, con las manos temblando de rabia y vergüenza, volvió al jardín bajo un cielo aún gris. Buscó al jardinero, esperando gritos, reproches o castigos, pero solo encontró su mirada tranquila y triste frente al foso vacío. El chico cayó de rodillas sobre el barro, le mostró los restos marchitos entre sus palmas y rompió a llorar, entendiendo finalmente que hay bellezas que solo permanecen vivas cuando se tiene el valor de no tocarlas.
