Cuento negro
Había una vez una niña llamada Topacio a la que el pueblo entero miraba de reojo. Desde pequeña, sus accesos de ira eran temibles: no lloraba con tristeza, sino con una furia implacable que encendía la paja de los pajares y derribaba las puertas de madera. La gente murmuraba a sus espaldas, convencida de que llevaba la maldad sembrada en las entrañas, porque mientras otros niños buscaban consuelo en los abrazos, Topacio los rechazaba con garras y dientes. Aprendió a odiar el amor, viendo en él solo una debilidad ridícula, una trampa suave que volvía a los guerreros vulnerables.
Cuando los cielos se tiñeron de ceniza y los dragones descendieron desde las cumbres heladas para abrasar el reino, nadie acudió al amor para salvarse; acudieron al odio. Topacio halló en la guerra su verdadero hogar. Vistió una armadura de hierro negro, pesada como sus propios rencores, y empuñó una lanza corta con la que derribó a la primera bestia. Se convirtió en la cazadora legendaria, la mujer que caminaba sobre la sangre ardiente de las serpientes aladas. Luchó contra dragones gigantescos, arrancando sus escamas y rompiendo sus garras sin parpadear, demostrándole al mundo que la ira pura era más fuerte que cualquier lazo afectivo.
Pasaron las décadas y la crueldad de las batallas se apaciguó en los márgenes de su vida. En la soledad de sus cavernas, ocurrió lo impensable: el nacimiento de dos criaturas. No eran dragones, sino sus propios hijos, vidas pequeñas que brotaron en la penumbra de su existencia. Durante años, Topacio intentó criarlos como si fueran armas, negándoles caricias y enseñándoles solo a sobrevivir. Sin embargo, en el silencio de las noches heladas, los arropaba en secreto con las pieles más suaves, fingiendo que solo lo hacía para que no enfermaran sus futuros soldados.
Pero la guerra nunca olvida a sus demonios. Un atardecer trágico, mientras los últimos vestigios de los nidos de dragones buscaban venganza, las bestias asaltaron su refugio y se llevaron a sus hijos hacia el abismo de las nubes.
Topacio salió corriendo tras ellos. Llegó a la cima del precipicio justo a tiempo para ver cómo las sombras se tragaban los cuerpos de sus pequeños. En ese instante preciso, la tierra pareció detenerse. El cielo azul se cubrió de golpe con un manto de nubes oscuras, espesas y tormentosas, congelando el aire. Topacio abrió la boca para lanzar su habitual rugido de batalla, pero la fuerza bruta la abandonó: su grito atronador se quebró en mitad del pecho, transformándose en un sollozo desgarrador que desgajó la roca bajo sus pies.
Por primera vez en su vida, sintió el dolor real del amor. Comprendió que no odiaba el amor por ser débil, sino porque le aterrorizaba la inmensidad de la grieta que dejaba cuando te lo arrebataban. Ese sufrimiento no era una debilidad; era un fuego mil veces más ardiente y destructivo que toda la ira que había guardado desde la infancia.
La emboscada final no le dio tiempo a vestirse para la contienda. Los dragones restantes se arrojaron sobre ella, sabiendo que no llevaba su invulnerable armadura de hierro negro. Estaba desnuda ante el peligro, vestida solo con telas raídas por el viento.
Pero Topacio no dio un solo paso atrás. Sin armadura que la protegiera de las garras, caminó hacia la horda de bestias con la piel expuesta y los ojos encendidos por una luz desgarradora. Con las manos desnudas y una furia nacida ya no del rencor, sino de un amor desmedido y sangriento, se lanzó al combate. Cada rasguño en su carne era un recordatorio de lo que defendía, cada herida una prueba de que seguía en pie. Y así sigue luchando hasta el día de hoy: la guerrera sin armadura que convirtió el dolor de amar en su espada más letal.