Hacia atrás

Mirar el pasado no siempre significa retroceder; a veces es el óptico acto de entender de dónde venimos para soltar la culpa.

El latido invertido del bosque

¿Qué pasaría si supiéramos en qué preciso instante nuestra vida está a punto de quebrarse? ¿Si pudiéramos retroceder el reloj apenas un parpadeo antes del desastre? Pero, ¿y si el tiempo es una trampa de la que no se puede escapar, y lo único que nos queda es aprender a reescribir el final?

El día amanecía gris y pesado sobre el espeso manto del bosque. Era una jornada nublada, perfecta para que el silencio fuera interrumpido únicamente por el dulce y lejano canto de los pájaros. En lo más hondo del refugio, una cierva de mirada noble y corazón entrañable —tozuda cuando se proponía algo, pero de una dulzura infinita con los suyos— se abrochaba a la vida a través del calor de sus pequeños.

Aquel día, el impulso de buscar alimento y la tentación fugaz de distraerse con la melodía del aire la habían arrastrado a cometer el error de cruzar la linde. Cuando quiso darse cuenta, la seguridad del hogar había quedado demasiado lejos.

El bosque contuvo la respiración. El sonido seco de una rama quebrándose no fue advertido a tiempo; el cazador, con la mirada empañada por la codicia y el ansia febril de conseguir un trofeo que colgar en su pared, apretó el gatillo. El fogonazo rasgó el aire y el proyectil alcanzó de lleno a la cierva, hiriéndola de muerte, rozando letalmente la mitad de su corazón.

El dolor fue una llamarada ciega, pero el instinto materno fue más fuerte. Herida, rota, desangrándose y con el alma perdida en un laberinto de horror, corrió de regreso hacia el refugio. Sus pezuñas golpeaban la tierra húmeda con desesperación, arrastrando un cuerpo que ya no le respondía. Al llegar, la pesadilla se hizo completa: el refugio estaba vacío. Sus crías, asustadas por el estruendo, habían huido despavoridas.

Cayó sobre la hojarasca, incapaz de moverse, ahogada por un aire que ya no llegaba a sus pulmones. Sollozaba con lamentos tan profundos, tan desgarradores, que parecían traspasar la barrera del mundo terrenal, siendo escuchados solo en el más allá. Estaba sola, atrapada en su propia tozudez, sabiendo que ya no podía hacer nada.

...Pero el universo, compadecido ante tanto dolor, decide rebobinar las manecillas del destino.

Amanece de nuevo. La brisa de la mañana sacude las copas de los árboles con una quietud inusual. La cierva, con esa intuición afilada que a veces nos regala la vida en el último segundo, echa un vistazo al exterior. Ve el cielo amenazante, escucha el susurro lejano del peligro y toma una decisión radical: decide no salir de su refugio, dejar correr el reloj, ignorar el hambre y desafiar al destino segundo a segundo, minuto a minuto.

Se abraza con fuerza desesperada a sus bebés. Con ramas secas, musgo y matorrales entrelazados con esmero, cubren la entrada hasta camuflarse por completo con la maleza.

Afuera, el estruendo vuelve a retumbar. El eco de un disparo feroz rompe la quietud de la mañana, anunciando que el cazador ha vuelto a buscar su trofeo. Pero esta vez, el plomo se pierde en el aire vacío. Ella no sale de su escondite; se aferra al calor de sus pequeños, conteniendo el aliento y rezando en silencio hasta que todo amaina y el peligro se disipa en la lejanía.

La noche se desvanece lentamente. La cierva despierta de lo que finalmente ha quedado reducido a una pesadilla lejana, rodeada por el suave parpadeo de sus crías ilesas. El miedo sigue ahí, agazapado en la memoria de la piel, pero la decisión está tomada: hoy mismo, antes de que el sol vuelva a ponerse, emigrarán juntos hacia el norte, hacia un lugar seguro donde las armas de los hombres jamás puedan alcanzarlos.